Fe de vida

Cuando llegó a mis manos el manuscrito de Fe de vida me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no leía obras distópicas y pensé que me había vuelto demasiado serio en mis lecturas. Al instante vinieron a mi memoria mis primeras lecturas. Las de niño no las recuerdo tanto, pero sí las de la adolescencia, que estaban plagadas de comics y libros de aventuras. Todavía hoy puedo sentir con gran nitidez, como si las reviviera, las sensaciones que me producían aquellas lecturas y cómo mi fantasía se contagiaba de lo que estaba leyendo, ya fuera Veinte mil leguas de viaje submarino, La isla del tesoro o Robinson Crusoe.

Ahora, Fe de vida me iba a reconciliar de alguna manera con las lecturas puras. Y el libro no podía comenzar mejor para mis intereses en esos momentos, con la historia de un niño que se aburre en clase, que tiene ganas de aventuras y sueña con tener una fe de vida imprescindible para poder ser aviador. Los certificados de fe de vida se obtienen gracias a los nuevos conocimientos científicos y tecnológicos que permiten enviar rayos a agujeros negros que los devuelven como información sobre la duración de la vida de una persona o un conjunto de personas. Hay diferentes niveles de certificados, depende del alcance del rayo, y lógicamente de precios. El certificado, perfectamente reglamentado, no deja de ser clasista y la vida en una sociedad perfecta se deja para otra ocasión.

Foto: Lorena Baño

El autor va desgranando historias cotidianas que se enhebran con el hilo de los certificados y va manteniendo el suspense paso a paso: la de unos turistas, la de un rico empresario, la de unos enamorados recién casados y otras más. Surgen problemas para la corporación encargada de emitir estos certificados y no tanto por su tráfico ilegal (una de las historias), perfectamente controlado. Cierto día, los certificados fallan y ponen en riesgo el colosal negocio de la Corporación y revelan que el fin del mundo está cerca.

Vuelvo a leer lo que he escrito y me doy cuenta de que tal vez doy pistas equivocadas al lector. No se trata de relatos juveniles, pero los lectores más jóvenes también pueden disfrutar de esas historias, levemente naif y a la vez ligeramente ácidas. Lo que en realidad quería decir es que Fe de vida me ha permitido recuperar el placer de la lectura genuina. Y como les ha pasado a otros lectores, con los que he comentado esta obra, me sabe a poco, que me he quedado con ganas de más. (JELL)