La tragedia de las migraciones en todo el mundo produce titulares dramáticos y espectaculares en los medios de comunicación. En nuestra ajetreada vida, corremos el riesgo de que se conviertan en una cortina de humo que nos impide ver el drama personal de millones de ciudadanos de todo el orbe. 

Para contrarrestar esta tendencia viene bien leer una novela como Porque éramos guerreros. Mediante la ficción, paradójicamente, nos hace poner los pies en el suelo a través de unos personajes heridos por la huida y el refugio en un país extraño. Es cierto que Wajami Safi trata el drama de la migración y la condición de la mujer porque lo conoce bien. Pero no es menos cierto que tiene un talento poético, esa vena que se les presume a los afganos, para componer una novela de migración que cuenta con una tradición milenaria en la literatura universal. 

La estación central de Múnich es el terreno de nadie, un espacio de tránsito, donde comienza la nueva aventura de los jóvenes padres Jamal y Layla y su pequeña Mina en una próspera Alemania tan alejada en lo material como en lo cultural de su torturada tierra afgana. Es el año 1980 y huyen de la guerra para salvarse a sí mismos y, sobre todo, a su descendencia.

En su país de acogida reciben las ayudas tan necesarias para gente como ellos que llegan con más recuerdos de su tierra que dinero y pertenencias. Poco a poco, este matrimonio de clase media, va abriéndose paso en una ciudad tan industrial y avanzada tecnológicamente como Múnich. Lo hacen a su manera, orillando la ley alemana y haciendo prevalecer las costumbres afganas. Jamal logra salir adelante con su empresa de compraventa de coches de segunda mano, donde actúa como un patriarca. El pasado regresa una y otra vez con sorpresas no siempre agradables, tensando la relación de la joven pareja.

No será hasta la segunda generación, como suele ocurrir siempre en estos casos, de hijos y sobrinos, que se desprenderá de la piel afgana. Sus hijos consiguen una buena integración, pero, al final, la familia encontrará en Múnich un terrible destino para su hijo a quien habían intentado poner a salvo de la monstruosidad de la guerra. En el desgarro de Layla, la madre, y de Fausia, la tía del hijo nacido en tierras alemanas, al final de la novela, resuenan los gritos de mujeres heridas por el destino de nuestra literatura clásica.

Porque éramos guerreros es primero y antes de nada una novela que construye su relato sobre el tema de la migración. Nuestros héroes son supervivientes en un largo viaje por tierras extrañas. Personajes bien construidos, tanto que parecen el vivo retrato de personas reales y familiares, y un estilo altamente poético, construido a base de detalles, como todas las buenas novelas.